EL CRISTAL AZUL CON QUE SE MIRA
Hoy me acerqué al azul, intenso, bordeado en blanco sinuoso,
espumoso y fresco. Descalcé mis blancos pies y caminé por el oro, húmedo aun
por el temeroso mar que, no queriendo ser hollado, se retira majestuoso en
suave bajamar. Y, dejándome pasear por sus siempre sumergidos dominios, me
acerqué a aquellas rocas, al pie del acantilado, donde un día muy lejano,
orgullosas atalayas fueron de otros ojos y otros vientos y sobre ellas me posé.
Contemplé el horizonte en pleno, porque, lo grandioso del
mar es que, entre su luz y su color, su forma de copiar el cielo, forman el
horizonte eterno, sin comienzo, sin final. Al runruneo de su voz hablando con
su amada tierra, al aroma de su olor, envidia de hombres y dioses, me dejé
llevar por el momento y, como en un sueño, sobrevolé el color, el olor, el
runruneo, hasta perder la noción del tiempo.
No sé si estuve allá, en el horizonte eterno, o no me moví
de la roca donde descansé mi cuerpo, solo sé que disfruté del mar, de la vida,
de los sueños que te nacen en la mente cuando tanto espacio abierto, tanto
infinito ante ti, hacen que tu mente se abra, te desprendas de tu cuerpo y,
levitando en el espacio, olvides tu vida, tus cuitas, tus penas y desaciertos.
Se va desvaneciendo el paisaje; ya las primeras luces, aun
tímidas, se van encendiendo en el cielo. El azul que se oscurece, el oro se
vuelve ocre, resaltando el blanco más y, lentamente, con la suave brisa
trayéndome mar, se van perdiendo mis sueños; quizás se lo lleven las olas a
otro lugar, a otras orillas donde aún vive la luz, buscando otras mentes donde
volver a soñar.
Se va posando la noche, sobre la tierra, sobre el mar, sobre
mi cuerpo silente que, no teniendo que soñar, vuelve sobre el dorado camino
hacia la realidad.
Hoy miré con el cristal azul.
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