Sueños

Dado el otoño que nos acompaña, hoy quise pasear junto a mi querido océano y, sin pensarlo mucho, hacerlo me cansa, me puse en camino.

Y, aquí estoy, con él; mirándonos como dos enamorados, aunque siendo yo del sexo masculino y él hermafrodita… Lo digo porque unos le dicen el mar y otros la mar. Yo prefiero llamarle la mar, por mi debilidad por el sexo femenino. Pues, como decía, disfrutando cada cual de su sexo, la relación pudiera parecer dudosa. No os preocupéis por mí, en cuestiones de sexo, siempre he tendido hacia el opuesto al mío, como entiendo que debe ser, por lo que nuestra admiración ¿mutua? (el ego me presiona el cerebro), es puro platonismo.

Camino junto a él y, aunque ando descalzo, evito el contacto de sus aguas, pues es temprano y aún el sol no las ha calentado suficiente. La playa es larga, enormemente larga y, esa inmensidad acompaña a la de mi querida mar, haciéndola más íntima. Pero no vine a contemplarlo, sino a contarle mis cuitas, mis experiencias que, últimamente he tenido algunas interesantes.

Sí. Hace algunos meses, quizás influido por mi desbordante ego, o por esa necesidad que casi todos tenemos de creer que llevamos algo dentro que debemos compartir con los demás, envié, inocente de mí, dos cuentos de los muchos que la vida me permitió escribir, a dos premios literarios diferentes. ¿Nombres? No es importante, lo que sí es importante es saber que ambos eran certámenes literarios específicamente para cuentos. Y, yo, en esa inocencia que caracteriza a todos los novatos, pero que negamos hasta la muerte poseer, pensé que quizás un jurado experto en estas artes, apreciaría en lo que se “merecen” mis cuentos, y los envié.

Ambos, educadamente me enviaron su acuse de recibo y, creedme, aquel detalle no me pareció lo normal, sino un signo evidente de la calidad literaria de los envíos recibidos, MIS CUENTOS. Je, je, inocencia perdida.

Hace algunos días recibí un correo electrónico. En él, alguien del certamen me decía que habiendo leído el jurado mi “extraordinario” cuento, cuya maravillosa y fácil narrativa les había cautivado y había elevado aún más la calidad del certamen, no había podido ser seleccionado porque el tema no se ajustaba a la idea que ellos tenían del Premio a conceder.
¿Me hundí moralmente? En absoluto. Mi ego es de una voluntad de hierro; no, mejor, de acero al carbono y, apoyándome en esa maravillosa narrativa de la que tomaron “debida cuenta”, me dije: “está claro, amigo, que no supiste leer las condiciones del Certamen. La próxima vez lee con mayor detenimiento porque te llevarás el premio de corrido”. Ya veis para lo que sirve el ego, tan denostado por tantos humildes escritores y filósofos.

En fin, aún me quedaba el segundo premio que, para vuestro conocimiento, era mejor que el primero. Y esperé.

Ayer me llegó un correo. Del Certamen, sí. ¿De quién iba a ser? Y de nuevo comenzaba la carta alabando la calidad literaria que “caracterizaba” toda mi obra: Pero, en este segundo caso, no quedó solo en ello, sino que añadieron, como corresponde a un cuento escrito por una “pluma tan elegante y de extraordinaria narrativa”: Le ponemos en conocimiento de que su cuento, aun no habiendo sido seleccionado por nuestro jurado como finalista del Tercer Certamen…, queda en espera de ser incluido en una selección para ser publicada por la editorial seleccionada por el Certamen”
¡¡¡Ah, gloria a los consagrados!!! ¿Qué importancia tiene un premio si al fin voy a ser editado? Y, con toda la humildad que me caracteriza, lo puse en conocimiento de familiares, amigos y enemigos, público en general. ¡No! no crean ustedes que mi soberbia, mi ego, mi prepotente engreimiento, me incitaron a hacer eso, sino mi deseo y cariño para que, todos ellos, pudieran tener la oportunidad de conseguir su libro de la primera edición. Las sucesivas ediciones parece que son… eso, segundas partes.
Pasaron los días y, ante el silencio que sucedió a lo acontecido, y extrañado por ello, me puse en contacto con la organización del premio.
--Señorita, es que yo recibí de ustedes un correo en el que me decían…
- Lo sé, señor, pero ese correo es el que acostumbramos a mandar a todos los autores de las obras que no han sido seleccionadas…
Aún duró algunas palabras más la conversación telefónica. …Que si el año próximo. …Que si la convocatoria saldrá públicamente…
Pues, ni aun así mi ego se dio por vencido. Para nada. Tan entero ha quedado que ayer mismo comencé a escribir el cuento número siete de esa colección que algún día será llamada la obra maestra del mejor escritor español de los siglos veinte y veinte y uno.
—Ya ves, amigo mar. ¿Creerán estos pobres jurados de premios menores que van a poder conmigo? Pues para que tú solo lo sepas, buen amigo, el año que viene me presento al premio Planeta con una novela que marcará época en la Historia de la Literatura Universal. ¡Ya, ya verás la que organizo!
Y seguí mi paseo, hinchando el pecho de satisfacción porque, cuando se vale, ya se encarga el ego de cada cual en mantenernos informado.

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