EL CRISTAL CON QUE SE MIRA


Es anochecer de tonos grises, apático, monótono, quizás hasta algo absurdo, pero, sobreponiéndome al desastre, sigo caminando por la acera, obligado camino y caminar que, como el agua del río, siempre me conduce al mismo punto, al café de la esquina anónima; allí donde tantos otros van cada noche a ... ¿a qué? ¿a dejarse la vida a jirones sobre esas sillas de hierro forjado?, siempre colocadas en la misma posición, no sé si por un profundo e incomprendido capricho del dueño, o porque su peso no nos permite moverlas.

Sí, camino cansado de no saber dónde ir, malgastando el poco cuero que aún le quedan a mis zapatos, como si levantar mis pies al caminar fuera un problema de equilibrio; aunque puede que lo sea, más mental que físico, que la monotonía de la línea de mi horizonte mental se pierde en la niebla, que poco a poco se va levantando, mientras avanzo hacia la nada.

A medida que me acerco, busco con la mirada al que sé que ya nunca volverá; no me importa, seguiré haciéndolo, seguiré creyendo que tras alguna farola, perdido en la nebulosa de su opaca luz, él se encuentra escondido, como tantas veces me hiciera aquellos años que anduvimos intercambiando recuerdos, esperanzas, ambiciones, sueños, flotando entre las notas del viejo blues que tanto nos gustaba oír en nuestro viejo café; entre el humo nostálgico de nuestros cigarrillos, perdidos el tiempo y la razón porque, cuando se está con un gran amigo, que poco importa lo demás.

Ya llego al café, sí; otra noche que no aparece y, encogiéndome de hombros, abro la puerta y entro, dejándome llevar por mi desganada inercia a la misma mesa, a la misma silla, y espero pacientemente que me traigan mi eterno café, mientras dejo que mis pensamientos se mezan al compás del blues que siempre suena; al final me volveré a hacer la misma pregunta: ¿Para esto he luchado toda mi vida y he llegado a esta edad?

Comentarios

Entradas populares de este blog