EL CRISTAL VERDE CON QUE SE MIRA
Llegó un nuevo invierno. Y lo hizo como acostumbra, sin
previo aviso, dándole a mi adorable otoño con la puerta en las narices. ¡Ah! Es
duro hasta entrando en escena. Pero no me ha de arredrar pues, a mi edad, aún
me quedan redaños y algún as en la manga… Ya saben ustedes lo que esos, tan
típicos y tan certeros refranes que llenan la vida de nuestra España, dicen:
“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y yo, que de diablo lo tengo
todo, edad, saber, gobierno, rabo y cuernos… ¡Bueno! Estos dos últimos apéndices
mejor dejarlos en una dudosa incertidumbre; al fin y al cabo, no todos los
demonios tienen que tener las mismas “virtudes”. Pero, perdonadme, que me voy
derrapando en las curvas de mi inseguro caminar.
Quería hablar de este invierno. Es otro más, lo sé, como sé
que también podría ser el último. ¡No!, no dramatices tus pensamientos al
leerme. Hay que tener siempre los pies en el suelo. De vez en cuando levitar,
sí, pero sin exagerar el vuelo que luego las caídas son muy dolorosas. Y me
abrigo bien, sobre todo con prendas muy ajustadas, que un buen diablo es
conocedor de que más abriga una fina prenda ajustada que un grueso jersey muy
suelto. Yo, por si los refranes fallan, me he puesto ambos y, sobre ellos, para
cubrir mi timidez, un buen abrigo de paño. Y salgo a la vida.
No elegí ni fecha ni hora, solo la voluntad de hacerlo y, al
mirar al cielo, observo que me tocó un buen día. Frío, sí, como el corazón de
un viejo, pero lleno de luz y de fuerza, tanta, que he decidido andar algo más
y acercarme al parque. Está algo lejos, lo sé, y puede que al llegar mis
piernas tiemblen de miedo; de miedo de no alcanzar algún banco donde descansar
estos pesados huesos que soportan mi alma. Y me lanzo sin complejos.
¿Habrá llegado ese viejo? Os preguntaréis algunos. Pues
llegué, llegué y entero; me senté en un frio banco y ahora, sonriendo, observo.
Me gustan estos altos y fuertes árboles que adornan mi
parque; son de hoja perenne, sí, verde intenso todo el año, con un color
esperanza que da sombra en el estío y calidez en estos tiempos. Y he nombrado a
la esperanza, como no. Aún a mi edad esa palabra existe; no como en las hojas
de los árboles, buscando la pervivencia; esa no, que ya he vivido tanto que se
me olvidan hasta los amores, los sufridos y los deseados. Mi esperanza ya solo
la fundo en esa necesidad que tengo de saber. Si no, ¿hacia dónde crecen estos
gigantones vestidos de verde ilusión? ¿Qué buscan por esas alturas? ¿Es que hay
algo más que aún no descubrí?
No creáis que yo espero algo después de la muerte, buscando
la inmortalidad. ¡Por favor! ¿Acaso no he soportado ya suficientes vivencias?
¡No! Quisiera que después de soltar la carga que soporto, hubiese una
oportunidad para entender; sí, solo quiero entender para qué hemos aparecido en
este mundo. Porque no acepto que la aleatoriedad de una evolución caótica haya
conseguido fabricar una mente pensante. Demasiado complejo hasta para este
enormísimo pero inánime universo. El panteísmo se lo dejo a los fenómenos como
Einstein; yo soy algo más simplón y, con una pequeña voluntad suelta por esos
etéreos espacios, ya me doy por satisfecho. Eso sí, que antes de desaparecer
para siempre, tenga a bien enseñarme cómo funciona todo esto. Una vez sabido,
yo le diría: “Y, ahora, déjame descansar en paz” Y me perdería para siempre en
el olvido.
Y levanto la vista y les miro. Fuertes como la voluntad;
flexibles como la bondad; intensos como el amor; así son los árboles de mi
parque, pero hablarles no les hablo, que luego, cuando se levanta la suave
brisa, van cuchicheando de hoja en hoja y, al día siguiente estoy en boca de
toda la ciudad. Sí, ¿no os habíais dado cuenta? Los árboles son los “corre ve y
diles” de la ciudad. Los que a la chita callando, con eso de que ellos siempre
están ahí “porque como no podemos movernos”, se van enterando de todos los
chismes y con dos soplidos de brisa, airean hasta sus propios secretos.
Y, por hoy, ya no os cuento más, que con tanto
hablar, al final sabréis tanto como yo, y eso que no sé nada. Ya me levanto y
me voy; ya, que se me están quedando las posaderas como un carámbano.
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